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Pequeños Viveros de bonsái en Japón

En esta ocasión queremos recordar los pequeños viveros de bonsai que difícilmente subsisten en Japón diseminados por su geografía. Su complicada existencia se refleja en el estado en el que se encuentran sus antiguas instalaciones, pero dónde se trasmite el amor y la sabiduría de la persona que lo trabaja.

 

 

Cuando viajamos por Japón siempre lo hacemos pendientes de la carretera, buscando pequeños tesoros que no aparecen en las guías, ni Internet. Fue una suerte que en el camino de Niko a Kinuwaba nos cruzáramos con este pequeño vivero junto a una pequeña carretera y sin ninguna indicación.

 

 

Llegamos atravesando un rio lo que en Japón es habitual. Nos sorprende el perfecto orden y la limpieza del jardín, complicado de conseguir dada la antigüedad que reflejan todos los elementos que componen este especial vivero de bonsáis.

 

 

La persona que lo atiende es una anciana mujer que nos recibe con gran cordialidad y sorpresa, invitándonos a pasear entre las viejas y abarrotadas estanterías.

 

 

Se respira Historia y Vida.

Sorprende la cantidad de variedades que cultiva, esto es poco habitual en Japón, Arces, Pinos, Pseudocidonias, Azaleas, Juníperos, Cotoneaster, Hayas, Tejos, Ciruelos, Manzanos… todos pulcramente colocados. Ninguna pieza era para la Kokufo, sin embargo trasmitía tanta paciencia, tantas horas de trabajo, tanta dedicación, que a la salida coincidimos en que era uno de los más entrañables jardines de bonsái que llevamos visitados.

 

 

Nos llamó la atención la importante cantidad de maravillosas plantas de acento que se cultivaban y que según nos explicó la dueña son su debilidad.

 

 

Pudimos visitar la zona de producción, un pequeño túnel dónde esquejes y material procedente de semillas en diferentes momentos de formación, esperaban ser trabajados.

 

 

A pesar de ser un jardín de bonsáis estos no son lo más importante del mismo, el conjunto que forman su dueña y la maravillosa naturaleza, en perfecta armonía, son su esencia.

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Tienda de piedras en Kawaguchiko

El gusto y respeto por las piedras viene de antiguo en el pueblo japonés, quizá entroncándolo con su religión nativa, el Sintoísmo, y el sentimiento hacia la naturaleza que preconiza.

Las piedras forman parte de la vida cotidiana en Japón.

Imprescindibles: En el noble arte del Suiseki (se podría denominar el placer por la contemplación de piedras) presente desde hace siglos en la cultura japonesa.

En los jardines, cuya presencia es ineludible como acompañante de todo tipo de plantas (no hay macizo de azaleas que se precie sin sus dos o más buenas piedras) ayudando a la creación de imágenes y sensaciones naturales.

En los espectaculares Karensan-sui, jardines compuestos únicamente por grava y piedra, donde la imaginación vuela y su contemplación proporciona momentos de paz y relajación.

En este artículo queremos mostrar una curiosa tienda situada en la falda del emblemático Monte Fuji, Prefectura de Yamanashi, donde compiten con belleza y celebridad cinco turísticos lagos: Motosu, Shoji, Saiko, Yamanaka y Kawaguchi.

A las orillas de este último lago encontramos un curioso establecimiento dedicado exclusivamente a piedras y minerales. Piedras talladas, otras totalmente naturales, algunas con vetas de los más atractivos colores, otras de maravillosas texturas, con asombrosos dibujos, y de todas multitudes de tamaños.

Destacaba una importante colección de piedras crisantemo donde la flor totalmente natural se apreciaba perfectamente; algunas con buen relieve. Esta variedad es muy apreciada por el público en general y en especial por los aficionados al Suiseki. Prácticamente ninguna piedra crisantemo tenía base de madera trabajada (daiza) para poder exponerse en la posición adecuada.

Igualmente curiosas encontramos unas pequeñas piedras de gran semejanza con el Monte Fuji, todo un símbolo para Japón.

El propietario fue de lo más amable, impresionado de que unos turistas europeos mostraran tanto interés por sus piedras. Nos enseñó su bonita colección de objetos “especiales”, piedras talladas, trabajos en madera, escrituras en bambú, formaban parte de sus vivencias y no estaban a la venta.

Antes de entrar en la tienda encontramos una sorprendente exposición de grandes piedras, así como piezas de madera talladas a mano a modo de mesas o expositores decorados con plantas muy al gusto japonés, en algunos casos de estilo bonsai.

Cuando viajas por Japón tienes que ir con los ojos bien abiertos, cuando menos te lo esperas aparecen en los lugares más inesperados establecimientos y personas que merecen nuestro tiempo y enriquecen nuestra vida.

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Bonsáis en un centro comercial de Ginza – Tokio (Japón)

No hay discusión sobre el gusto y respeto que sienten los japoneses por la naturaleza, intentar convivir con plantas es para ellos más que importante.

 

 

Utilizar bonsáis para la decoración de interiores no es un tema fácil, optando habitualmente por otros arreglos de plantas, como pueden ser los kokedamas e incluso algún ikebana. En cualquier caso una planta no suele faltar en los comercios.

 

 

Encontrar bonsáis en Japón adornando o decorando tiendas o comercios no es nada habitual. Visitábamos en Tokio el barrio de Ginza, una de las zonas de Japón más caras por metro cuadrado y donde se sitúan las tiendas de las primeras marcas mundiales de moda, joyería y grandes almacenes, cuando en la calle principal Chuo-Dori nos encontramos con la agradable e inesperada sorpresa de una exposición de bonsáis.

 

 

Dado el nivel del establecimiento los bonsáis estaban seleccionados y todos eran de gran calidad. La presentación, muy cuidada, combinaba fondos donde resaltaban las formas de los árboles, con una muy estudiada y sugerente iluminación.

 

 

Fue una bonita sorpresa descubrir un gran árbol sobre una isleta en el centro de la cafetería, invitaba a su contemplación mientras, a su alrededor, el visitante podía relajarse con una taza de té, café o refresco.

Naturalmente todos los bonsáis estaban debidamente protegidos con el fin de evitar cualquier accidente, estamos en Japón, es obvio que nadie osaría tocarlos.

 

 

Repartidos por todo el centro comercial, papelería, joyería, librería, restaurante, etc los bonsáis expuestos buscaban una reacción y complicidad según el lugar que ocupaban y la forma de estar expuestos.

 

 

Estas exhibiciones son temporales ya que los bonsáis no pueden estar mucho tiempo en estos sitios cerrados con potentes sistemas de aire acondicionado.

 

 

Fue una visita sorprendente e interesante, la búsqueda de nuevos bonsáis en cada estantería o rincón nos animó a recorrer el centro comercial, disfrutando de la delicadeza con que los japoneses exponen cada objeto.

 

 

Siempre es conveniente ir con los ojos bien abiertos.

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Bashó, poeta de haiku

En uno de nuestros últimos viajes a Japón y movidos por la curiosidad de adentrarnos en el conocimiento de la cultura japonesa, llegamos a la ciudad de Iga-Ueno situada al Este de Nara. Es una bonita ciudad fortificada, cuna del afamado poeta de Haiku, Matsuo Bashó y sede de los Ninja, espías y guerreros practicantes de Ninjutsu, (Arte de la furtividad durante la época del Japón feudal). Alrededor de estos dos elementos, Basho y Ninjas, se muestran y realizan distintas actividades y espectáculos para los turistas, principalmente japoneses.

 

 

La ciudad gira alrededor de un gran parque, Ueno Park, cuyo recorrido nos lleva toda la mañana, está magníficamente preparado para acoger a un gran número de visitantes. En él se encuentran el Iga Ninya Museum, y el Ueno Castle, con una interesante torre y altos muros fue reconstruido en 1935, y dedicados al poeta un curioso edificio octogonal, Haeseiden, y el Basho Memorial Museum.

 

 

En la ciudad se conserva la casa natal de Basho, abierta al público y parcialmente reconstruida. Podemos hacernos a la idea de cómo era la vida de entonces recorriendo sus dependencias y su jardín.

 

En 1644 nace el poeta Bashó en el seno de una familia Samurai, sirve como paje al hijo de su señor Todo Yoshitada y estudia haikus con Kigíu, poeta de la Escuela de Teitoku.

 

 

Tras la muerte de Yoshitada en 1666, huye a Kioto donde prosigue sus estudios de literatura japonesa y china.

 

 

A los 29 años se traslada a Edo, la capital del Imperio, y continúa con la práctica del haiku con el poeta Sóin. A los 36 años se instala en la orilla del rio Sumida, allí planta un platanero (Bashó) que además de dar nombre a la casa, lo utiliza como pseudónimo literario, su auténtico nombre era Matsuo Kinsaku.

 

 

Considerado como el máximo exponente de un tipo de poesía originaria de Japón, el Haiku, Matsuo Bashó fallece en Osaka el 28 de Noviembre de 1694.

 

 

Bashó decía que “un Kaiku es lo que ocurre aquí y ahora”

 

Con niebla y lluvia

no se ve el monte Fuji

interesante

 

El haiku clásico tiene 17 sílabas, en versos de 5, 7 y 5 sílabas.

 

 

Hizo multitud de viajes que quedaron reflejados en sus poemas, que retocaba una y otra vez. De todos quizá el más nombrado fue el que realizó durante 5 meses en 1689 al “Norte Profundo”

Rojo el sol, rojo

sin piedad, pero el viento

es el otoño

 

A través de su poesía nos muestra su visión de la vida y sobre todo de la naturaleza

De aquel cerezo

al pino de dos troncos

tardé tres meses

 

 

También nos describe así mismo, bromeando sobre su delgadez

Piernas enclenques

tendré, pero está en flor

el monte Yoshino

 

¿Qué es lo más importante de un haiku?

En los claros de nieve

el leve violeta de los brotes

de la flor de udo.

 

Un viejo estanque…

una rama salta

el sonido del agua.

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Jardines de bonsai en Japón, un negocio familiar

Un viejo proverbio dice que un árbol lo planta un hombre para que lo disfrute su nieto. Dado el tiempo que se precisa para llegar a tener un bonsái con un buen grado de formación no es descabellado pensar que estos acaben en manos de generaciones venideras. Indudablemente el paso del tiempo confiere al jardín de bonsái un especial sabor, una perceptible y maravillosa solera que lo hace todavía más atractivo.

 

 

En Japón ha venido siendo tradicional que los negocios de bonsái pasaran de generación en generación. En la actualidad, los importantes cambios de la sociedad  dificultan este seguimiento, en algunos casos llegan a provocar abandonos del negocio familiar y por tanto el cierre del jardín de bonsái.

 

 

Afortunadamente hay jóvenes que deciden continuar con el negocio de sus mayores, actualizándolos y adaptándolos a las nuevas posibilidades del mercado.

 

 

Es proverbial el respeto que el pueblo japonés siente por sus mayores y por sus tradiciones. Esto se percibe cuando visitas estos magníficos jardines de bonsái y puedes compartir, aunque solo sea por unos cortos minutos, con su maestro.  Es un privilegio tener la posibilidad de escuchar a estas personas que han dedicado su vida al bonsái, orgullosos de que sus hijos continúen su labor.

 

 

Estos viejos maestros son un pozo inagotable de conocimientos y por encima de todo de experiencias. Suelen ser personas de pocas palabras, eso sí, hay que estar atento y con los cinco sentidos, para no perder ni un solo matiz de sus palabras. Me pasaría horas escuchándolos, realmente son auténticas enciclopedias.

 

 

Sus comentarios son breves pero firmes y contundentes, con una solo mirada te trasmiten un mensaje claro y cuando delante de sus bonsáis te hacen cualquier comentario, percibes, humildemente, todo lo que te falta por aprender. Me impresiona particularmente la manera que tienen de mirar los árboles, trasmitiendo sobre todo paciencia, no exenta de estudio y análisis. Parece que el tiempo se detiene intentando absorber, cual esponja, todos sus conocimientos.

 

 

Es curioso y sintomático a la vez, que la mayoría de sus comentarios están destinados a comprender al árbol y sus necesidades.

 

 

Quiero agradecer a todas estas personas que llevaré siempre en mi corazón, su cortesía, amabilidad y generosidad  al haber compartido conmigo una mínima parte de sus conocimientos.

 

 

Tanta experiencia me anima a perseverar en mis estudios y seguir mejorando mis técnicas de cultivo y formación para llegar a disfrutar más, si cabe, de los bonsáis.

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

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