Crear un bosque en bonsai es, para mí, mucho más que plantar árboles; es un ejercicio de paciencia y diseño que va más allá del simple cultivo. En este caso, el proyecto nació de una forma poco habitual: empecé por el final. Todo surgió gracias a una preciosa maceta esmaltada de grandes dimensiones, 59 x 35 x 7 cm, que me regaló el escultor ceramista Carles Vives. Su pieza era tan especial que necesité más de un año para planear el trabajo que realizaría con ella.
No quise precipitarme, únicamente tenía claro que quería utilizar alcornoques (Quercus Suber). Mi experiencia con esta especie es muy buena, se adaptan perfectamente al cultivo como bonsái por su crecimiento pausado, longevidad, capacidad de supervivencia y en especial por su corteza rugosa que le da aspecto de árbol viejo aportándole carácter.
Esperé un año entero hasta reunir los ejemplares adecuados. De los once alcornoques que tenía al principio, me quedé con siete para formar el grupo definitivo. En mi escuela siempre digo lo mismo: la idea está en la cabeza, pero son los árboles que tienes delante los que dictan la realidad del diseño.
Elegí el inicio de la primavera para empezar con el trabajo, justo cuando vi que las yemas empezaban a hincharse.
Primero coloqué el árbol principal. Él es el eje de todo; según dónde lo pongas, el resto de la composición cambia.
Fui integrando los otros seis árboles buscando crear perspectiva. Para mí, la clave de un bosque natural no es amontonar árboles, sino respetar los espacios vacíos; el aire es lo que le da vida al conjunto.
Los ejemplares pequeños se adaptaron rápido porque ya venían de macetas de bonsai. Sin embargo, con el árbol principal tuve que trabajar mucho más a fondo las raíces para lograr que asentara bien en una maceta tan plana.
Cuando tuve clara la posición de cada árbol, procedí con la sujeción y añadí el sustrato. Me aseguré, ayudado por el palillo, de que no quedara ni una burbuja de aire entre las raíces. Terminé podando algunas ramas para que las copas no se estorbaran entre sí y las siluetas quedaran equilibradas.
Ahora, el bosque —que mide 64 cm de alto y 70 cm de ancho— descansa en un lugar fresco y protegido. Estoy esperando a que brote con fuerza para trasladarlo a un buen lugar en el jardín de Bonsai Colmenar donde clientes y alumnos puedan disfrutarlo.
“A dónde el bonsai me lleve”















