Categoría: Viajes

Kakunodate, distrito Samurai

Habíamos visitado unos viveros de bonsai cerca de Akita, Japón, y, movidos por nuestra infinita curiosidad, nos desplazamos a Kakunodate con la atrayente intención de conocer su distrito samurái. (1.620 Periodo Edo)

 

 

Todo un ejemplo de la arquitectura tradicional japonesa, consta de unas 80 residencias samuráis, todas con bellos jardines pulcramente trabajados en los que ineludiblemente la pátina del tiempo ha ido contribuyendo a su enigmático embellecimiento.

 

 

 

Varias residencias se pueden visitar, son edificios de madera oscura con muros exteriores gruesos y ventanas especialmente diseñadas para los crudos meses de invierno. En general son casas grandes, orientadas a disfrutar del jardín. El interior se divide en pequeñas estancias separadas por bellos paneles de madera y papel, algunos de ellos con magníficas pinturas de animales y plantas.

 

 

 

En los jardines los árboles y plantas centenarias conviven en armonía con el agua de pequeños lagos o fuentes y las elementales piedras, llegando a lograr una atmósfera especial. Adornan y cumplen su función de alumbrar las ocasiones especiales, viejísimas linternas de piedra cubiertas de musgo y líquenes.

 

 

Recorrimos despacio Kakunodate, cada rincón lo merece y aunque hay quien elige hacerlo en pequeños carruajes, lo ideal es pasear tranquilos para no perder nada de su belleza.

 

 

 

Otro de los edificios lo ocupa un pequeño museo donde se exponen los objetos de la vida cotidiana, artesanía, armas y unas sorprendentes carrozas de temática samurái utilizadas en las procesiones. Entre todo nos hizo especial ilusión descubrir unas maravillosas macetas de bonsai.

 

 

 

El conjunto es bellísimo, la oscura madera de las vallas y edificios contrasta con los colores variantes de la naturaleza, la diversidad de los arces, los verdes de los pinos y juníperos, las flores de prunus, camelias y azaleas. Todo un lujo para los sentidos en cualquier época del año.

 

 

 

En nuestro paseo descubrimos pequeñas colecciones de bonsai, en general ejemplares de poco valor económico que adornan las entradas a algunas tiendas de artesanía y los jardines de domicilios particulares.

 

 

 

Empieza a ser habitual en nosotros abandonar un lugar con el propósito de volver, y Kakunodate es uno de los lugares maravillosos de Japón que añadimos a la lista.

 

 

 

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Museo Takagi

Cuando hace más de 20 años planifiqué mi primer viaje a Japón tenía claro que el Museo Takagi de bonsáis era uno de los lugares que no podía faltar en nuestro itinerario.

 

 

El edificio Meiko Shokai donde estaba ubicado el Museo se encuentra en pleno centro de Tokio. Las dependencias visitables ocupaban los pisos 8º y 9º, algo inaudito en un primer momento, pero esto es Japón donde las ideas preconcebidas no tienen lugar; así que la primera sorpresa fue cuando el vehículo nos paró en la puerta del Museo donde no se veía ni un pequeño jardín.

 

 

Confirmándonos que nos encontrábamos en el lugar previsto nos dieron la bienvenida dos figuras impresionantes de perros apostadas a los lados de la puerta a pie de calle, y apoyando la confirmación de la entrada al Museo un carrito con algunos pequeños bonsáis, sorprendentemente sin vigilancia.

 

 

Las áreas de exposición comprendían terrazas al aire libre y salas cerradas. El primer impacto al visitar la terraza fue increíble, simulaba un pequeño jardín japonés y desde luego nada hacía pensar que estuviéramos en un piso 9º de un edificio en el centro de Tokio. Pinos y arces, así como plantas de acento, se exponían en un magnifico marco, entre piedras y agua, rodeados de la clásica balla de cualquier jardín japonés.

 

 

El poderoso pino parviflora expuesto marcó la visita, según nos explicaron es un árbol recuperado de la montaña, al que prudentemente se fue preparando poco a poco durante años antes de que se decidiera bajar a Tokio, donde tuvo que pasar un largo periodo de reconstitución hasta su exhibición en el Museo.

 

 

Las salas cerradas exhibían un número limitado de magníficos bonsáis, Juníperos, arces, lagestroemias, pinos, stewartias, chamaecyparis, … nos sorprendía ya no solo que estuvieran en salas con escasa iluminación, sino que algunos de ellos se exponían en vitrinas. Por ello y con el fin de preservar la salud de los árboles las estancias mantenían temperaturas controladas y el tiempo de permanencia de los bonsáis era muy corto.

 

 

Por lo que nos explicaron y pudimos apreciar en terrazas al exterior no visitables el número de árboles no expuestos era infinitamente mayor, la rotación de exhibición era enorme, por lo que cada visita al Museo era completamente diferente.

 

 

En las vitrinas se exponían magníficas piezas de cerámica, maravillosas macetas antiguas de bonsai y valiosas mesas de madera.

 

 

 

Desgraciadamente hace ya muchos años que este Museo cerró y sus obras se disgregaron por Japón. Algunas he podido volver a ver en algún jardín privado, como el magnífico pino parviflora que en la actualidad se exhibe en el Museo de Omiya de bonsai.

 

 

 

A pesar de los años pasados nuestro recuerdo del Museo Takagi sigue vivo.

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Bonsais en la carretera

El bonsai es sin duda el motivo principal que nos lleva a realizar nuestros viajes a Japón, descubrir y disfrutar de los diferentes viveros que nos vamos encontrando en el camino, conocer y conversar con sus profesionales, nos hace entender y apreciar el momento que está viviendo Japón con relación a este arte.

 

 

Como en cualquier medio, y el bonsai no es diferente, encontramos colecciones admirables con piezas espectaculares, pero también pequeños jardines, negocios familiares, sorprendentemente caóticos.

 

 

Viajábamos por carreteras locales cerca de Iroshima en Japón, perdidos entre montañas y campos de arroz y fuera de cualquier ruta turística, cuando nos llamó la atención una gran cantidad de macetas de bonsai a la puerta de algo que parecía un jardín. Aunque no había ningún letrero que nos hiciera pensar que se trataba de un centro de bonsai, nos acercamos y fuimos recibidos por el propietario algo perplejo al descubrir a dos occidentales interesados por su trabajo.

 

 

Desde el primer momento percibimos el desbarajuste en el que convivían multitud de bonsáis y plantas, muchos eran simplemente proyectos en espera de ser trabajados. Curiosamente había bastante variedad en cuanto a especies, pero el desorden hacía complicado llegar a disfrutarlos.

 

 

Se percibía un exceso de trabajo por hacer y pocas manos para realizarlo, algo que en bonsai pasa frecuentemente. El entusiasmo por experimentar trabajos, estilos y especies, nos pueda llevar a sobrepasar nuestra capacidad para mantenerlos o realizarlos y en este jardín era palpable.

 

 

Una vez efectuada la primera ronda al jardín empezamos a descubrir entre la maleza piezas interesantes, sobre todo en tamaños pequeños, arces, juníperos, pinos, chaenomeles, … lo que hizo la visita mucho más interesante.

 

 

Según nos explicó el dueño visitábamos su jardín de producción, donde semilleros, esquejes, materiales de acodo, árboles en formación o enfermos esperaban su momento para ser trabajados.

 

 

Entre mesas y bancadas sobresalían grandes ejemplares de pinus parviflora y thumbergii que indicaban que habían pasado mejores momentos.

 

 

Causaba dolor comprobar que el exceso de ejemplares y la falta de limpieza había llevado a perder algunos bonitos ejemplares.

 

 

Finalizada la visita y como es habitual, los dueños, una pareja de indescifrable edad, nos hizo pasar a una pequeña habitación donde nos invitaron a tomar un te, demostrando la hospitalidad de la que siempre hacen gala los profesionales japoneses de bonsai.

 

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Flores de crisantemo en roca

No cabe duda de que mi afición al bonsai me ha animado a descubrir y valorar otros muchos elementos naturales, su conocimiento y la simple contemplación es una lección de vida que no debemos perdernos.

 

 

En concreto en este artículo quiero compartir una bonita experiencia que vivimos en uno de nuestros viajes a Japón y que fue el descubrimiento de una impresionante colección de Piedras de Crisantemo.

 

 

Como casi cada año recorríamos los alrededores del Monte Fuji atraídos por la maravillosa naturaleza que lo envuelve y decidimos visitar el Monasterio de Suwa tomando como referencia de varias noches el hotel Kagetsu en Isawa.

 

 

Rodeado de aguas termales el hotel es un magnífico ejemplo de los alojamientos tradicionales japoneses, en él se funden bienestar y cultura, lo que es toda una magnifica experiencia.

 

 

El agua es un elemento fundamental en la decoración del hotel, pequeños ríos y lagos recorren pasillos y jardines. Abundan espectaculares ejemplares de árboles, algunas especies difíciles de encontrar como los scianopitis. En entradas, rincones y a veces escondidas hay una gran variedad de linternas de piedra. También colocadas estratégicamente se encuentran magníficas formaciones rocosas.

 

 

Fue en este entorno donde descubrimos una increíble exposición de piedras de Crisantemo, la más extensa que hemos podido contemplar.

Se encuentran formando parte del ornamento del jardín y como elementos decorativos dentro de zonas de exposición en el interior.

 

 

En el exterior algunas de las rocas son de gran tamaño y se exponen tal y como se encontraron en la naturaleza.

En general las flores son de color blanquecino y nos recuerdan a las del crisantemo. En esta exposición se muestran fácilmente visibles, perfectamente dibujadas en las piedras oscuras, casi negras, pero también se descubren a través de pliegues y orificios. En ocasiones la flor aparece a ras del material de la piedra o bien presentando un gran relieve lo que las hace especialmente espectaculares. Otro aspecto sorprendente es que algo que ha formado la naturaleza se presente tan homogéneo y proporcionado en los tamaños y formas de los pétalos.

 

 

Su composición puede variar, la más habitual es de cristales de celestina, pero también se encuentran de calcita, calcedonia y dolomita.

Proceden de China y Japón donde son muy apreciadas en los ámbitos religiosos y esotéricos, relacionándose con la felicidad, longevidad e incluso la inmortalidad, atribuyéndose propiedades relajantes y protectoras.

 

 

Para Japón el crisantemo es un símbolo nacional asociado a la casa imperial, por lo que estas piedras son elemento fundamental en su cultura.

En ocasiones he encontrado algunas de estas piedras tintadas o pintadas con el fin de resaltar formas y colores, lo que le que le resta la naturalidad que en general se busca, son elementos simplemente decorativos a la venta en comercios de todo tipo.

Los ejemplares de calidad se distinguen fácilmente, evitar el brillo y la perfección puede ser un buen principio.

 

 

Carlos Lázaro
“A dónde el bonsái me lleve”

Copyright © 2026 Blog Bonsai Colmenar

Tema por Anders NorenArriba ↑