Durante nuestro último viaje a Japón recorrimos la región de Yoshino en la Isla de Honsu con el fin de visitar, entre otros lugares históricos, el Templo Kinpusenji y el jardín de Chikurin-in.
Al final del pueblo de Yoshino llegamos al conjunto templario de Kinpusenji . Después de subir una empinada escalera, encontramos Zao-Do, Patrimonio de la Humanidad, catalogado como el segundo edificio de madera más grande de Japón, el primero es Todaiji en Nara. En el interior tres estatuas de Buda de 1.300 años y en torno a 7 metros de altura simbolizan el pasado, presente y futuro; la sala principal impresiona con sus 34 metros de altura.
El kinpusenji está adscrito a la Doctrina Shugendo, combinando principios del Sintoísmo y del Budismo; para algunos “Budismo de Montaña”.
El complejo templario contiene otros edificios entre los que destaca una bella Pagoda de tres pisos, interesantes esculturas, linternas y las tradicionales torii.
Continuamos ascendiendo la montaña y llegamos a Chikurin-in, en la actualidad destinado principalmente a Ryokan (alojamiento tradicional japonés). Frecuentado por las principales autoridades del país, ofrece un enclave privilegiado donde contemplar la floración de los cerezos (Hanami), considerado como uno de los principales atractivos de la zona.
En el interior descubrimos un espléndido jardín, pequeño, pero lleno de delicadeza y simbolismo. El diseño se atribuye a Sen No Rikiu, Gran Maestro de la Ceremonia de Té.
El jardín se abre al espectador después de descender unos escalones, encontrando como principal punto focal un estanque salpicado de piedras y una gran isla en la que entre variadas plantas y rocas sobresale un magnifico Acer Palmatum. La isla está situada estratégicamente en uno de los extremos del lago, al que llegamos a través de un simple puente formado por una única laja de piedra.
Al entrar, de frente, vemos un espléndido y no menos bello cerezo llorón, acompañado por una gran linterna tradicional de piedra. Con el fin de ser protegidos les rodea una delicada valla de bambú.
A la derecha quedan otros árboles y en el lado contrario, detrás del lago y aprovechando la ladera de la montaña podemos contemplar otras plantas dándonos sensación de naturaleza, así como linternas y pagodas de piedra.
Me pareció un lugar de lo más evocador situado en plena montaña, donde pasear despacio disfrutando de la grandiosa sencillez de un pequeño jardín. El tiempo parecía haberse detenido y no encontrábamos el momento de abonarlo, sin ninguna duda su recuerdo quedará con nosotros para siempre.






