En esta ocasión queremos recordar los pequeños viveros de bonsai que difícilmente subsisten en Japón diseminados por su geografía. Su complicada existencia se refleja en el estado en el que se encuentran sus antiguas instalaciones, pero dónde se trasmite el amor y la sabiduría de la persona que lo trabaja.
Cuando viajamos por Japón siempre lo hacemos pendientes de la carretera, buscando pequeños tesoros que no aparecen en las guías, ni Internet. Fue una suerte que en el camino de Niko a Kinuwaba nos cruzáramos con este pequeño vivero junto a una pequeña carretera y sin ninguna indicación.
Llegamos atravesando un rio lo que en Japón es habitual. Nos sorprende el perfecto orden y la limpieza del jardín, complicado de conseguir dada la antigüedad que reflejan todos los elementos que componen este especial vivero de bonsáis.
La persona que lo atiende es una anciana mujer que nos recibe con gran cordialidad y sorpresa, invitándonos a pasear entre las viejas y abarrotadas estanterías.
Se respira Historia y Vida.
Sorprende la cantidad de variedades que cultiva, esto es poco habitual en Japón, Arces, Pinos, Pseudocidonias, Azaleas, Juníperos, Cotoneaster, Hayas, Tejos, Ciruelos, Manzanos… todos pulcramente colocados. Ninguna pieza era para la Kokufo, sin embargo trasmitía tanta paciencia, tantas horas de trabajo, tanta dedicación, que a la salida coincidimos en que era uno de los más entrañables jardines de bonsái que llevamos visitados.
Nos llamó la atención la importante cantidad de maravillosas plantas de acento que se cultivaban y que según nos explicó la dueña son su debilidad.
Pudimos visitar la zona de producción, un pequeño túnel dónde esquejes y material procedente de semillas en diferentes momentos de formación, esperaban ser trabajados.
A pesar de ser un jardín de bonsáis estos no son lo más importante del mismo, el conjunto que forman su dueña y la maravillosa naturaleza, en perfecta armonía, son su esencia.






