Durante nuestra última visita a Kioto nos propusimos volver a visitar el Templo Yoshimine-dera situado en las montañas al oeste de la ciudad.

Llegar hasta allí no es fácil, en nuestra primera visita el autobús nos dejó en la ladera de la montaña y fue un camino especialmente duro hasta llegar a la cima donde se encuentra el conjunto templario. Pero han pasado algo más de 20 años, la información ahora es mucho más fácil y el tortuoso camino lo realizamos en coche.

La verdadera razón de volver, aunque el templo y el conjunto merece siempre la visita, fue la de disfrutar con la contemplación del increíble pino parviflora, pino blanco japonés, que rodea uno de los templos y que es uno de los árboles reverenciados en Japón.

Se le conoce como el “Pino del baile del dragón”, y es considerado como Tesoro Natural.

Su silueta, aunque difícil de contemplar en su totalidad, es imponente. Apenas alcanza la altura de 2 metros y una de las 2 ramas principales mide algo más de 40 metros de largo. Entre las dos abrazan un pequeño templo situado en una de las partes más elevadas del complejo templario. Atraviesan sendas y escaleras sin impedir que los visitantes dejen de admirarlo desde los diferentes ángulos.

 

A pesar de sus más de 600 años el anciano pino continúa con una gran vitalidad, repleto de nuevos brotes y un color verde oscuro y brillante que nos habla de una excelente salud y estabilidad.

Sus larguísimas ramas principales y hasta las últimas más pequeñas, están protegidas y fuertemente sujetas a un estudiado y bello entramado de bambú soportado al suelo por postes de madera. Toda una auténtica obra de ingeniería que aguanta el impresionante peso que tiene cada rama.

Sin prisa y disfrutando de cada pequeño detalle hay que seguir el camino marcado por cada una de estas dos enormes ramas y descubrir, además de los elementos de protección, la maravillosa naturaleza que habita a expensas del enorme pino, líquenes, musgos, juníperos, azaleas, …Un microhábitat que denota la atmosfera de bienestar del sagrado lugar.

El tronco de algo más de 2 metros se encuentra situado en una de las esquinas de la terraza y curiosamente no es especialmente grueso. Parece increíble que habiendo vivido 600 años no haya desarrollado más poderosamente estas partes fundamentales, sino que hayan sido 2 magníficas ramas las que se han llevado a lo largo del tiempo la notoriedad de este maravilloso “Pino del baile del dragón”.

Toda una lección de vida que admiramos y queremos compartir.

 

“A dónde el bonsai me lleve”