El bonsai es sin duda el motivo principal que nos lleva a realizar nuestros viajes a Japón, descubrir y disfrutar de los diferentes viveros que nos vamos encontrando en el camino, conocer y conversar con sus profesionales, nos hace entender y apreciar el momento que está viviendo Japón con relación a este arte.
Como en cualquier medio, y el bonsai no es diferente, encontramos colecciones admirables con piezas espectaculares, pero también pequeños jardines, negocios familiares, sorprendentemente caóticos.
Viajábamos por carreteras locales cerca de Iroshima en Japón, perdidos entre montañas y campos de arroz y fuera de cualquier ruta turística, cuando nos llamó la atención una gran cantidad de macetas de bonsai a la puerta de algo que parecía un jardín. Aunque no había ningún letrero que nos hiciera pensar que se trataba de un centro de bonsai, nos acercamos y fuimos recibidos por el propietario algo perplejo al descubrir a dos occidentales interesados por su trabajo.
Desde el primer momento percibimos el desbarajuste en el que convivían multitud de bonsáis y plantas, muchos eran simplemente proyectos en espera de ser trabajados. Curiosamente había bastante variedad en cuanto a especies, pero el desorden hacía complicado llegar a disfrutarlos.
Se percibía un exceso de trabajo por hacer y pocas manos para realizarlo, algo que en bonsai pasa frecuentemente. El entusiasmo por experimentar trabajos, estilos y especies, nos pueda llevar a sobrepasar nuestra capacidad para mantenerlos o realizarlos y en este jardín era palpable.
Una vez efectuada la primera ronda al jardín empezamos a descubrir entre la maleza piezas interesantes, sobre todo en tamaños pequeños, arces, juníperos, pinos, chaenomeles, … lo que hizo la visita mucho más interesante.
Según nos explicó el dueño visitábamos su jardín de producción, donde semilleros, esquejes, materiales de acodo, árboles en formación o enfermos esperaban su momento para ser trabajados.
Entre mesas y bancadas sobresalían grandes ejemplares de pinus parviflora y thumbergii que indicaban que habían pasado mejores momentos.
Causaba dolor comprobar que el exceso de ejemplares y la falta de limpieza había llevado a perder algunos bonitos ejemplares.
Finalizada la visita y como es habitual, los dueños, una pareja de indescifrable edad, nos hizo pasar a una pequeña habitación donde nos invitaron a tomar un te, demostrando la hospitalidad de la que siempre hacen gala los profesionales japoneses de bonsai.








