Uno de los destinos más visitados en Japón es la ciudad de Nikko, que alberga un entorno natural excepcional que rodea Santuarios y Templos declarados Patrimonio Mundial por la Unesco.
En cada recorrido por este admirable complejo, que incluye Tesoros Nacionales de Japón y Bienes Culturales, dedicamos una parte significativa de nuestro tiempo a contemplar la espléndida naturaleza circundante.
El acceso principal al complejo de templos está delimitado por imponentes cedros. Lateralmente, surgen senderos discretos que se internan en el denso bosque que cubre la montaña.
Resultaría imposible relatar la belleza del entorno en su totalidad, por lo que en esta ocasión nos centraremos exclusivamente en la singularidad de una pequeña área ubicada contigua al templo Rinnoji.
Nos referimos al longevo Prunus Kongo, una variedad poco común de cerezo de montaña japonés (yamazakura), de notable importancia histórica.
Fue catalogado con una edad aproximada de 400 años cuando, en 1881, fue trasplantado, por iniciativa del Sumo Sacerdote Hikosaka Jinko, desde un lugar cercano hasta el frente del salón principal del templo Sanbutsudo.
Jinko lo seleccionó y se encargó personalmente de su cuidado y mantenimiento. Su preocupación por asegurar la supervivencia del árbol tras el traslado era tal que, cada mañana, recitaba sutras frente a él.
Progresivamente, el árbol comenzó a prosperar, y cuatro nuevos troncos surgieron de su tronco principal.
Tras el fallecimiento de Hikosaka Jinko, el árbol pasó a denominarse Kongo Shin-in. El término Kongo es un concepto budista que evoca el «diamante» y sugiere cualidades como la indomabilidad y la tenacidad.
Aun siendo un ejemplar muy antiguo, los registros de 2003 indicaban una altura de 10 metros y una circunferencia del tronco de cerca de 4 metros.
Se postula que el cerezo Kongo es un cultivar híbrido único de cerezo ornamental. Los densos racimos de flores blancas de gran tamaño florecen desde finales de abril hasta principios de mayo. Actualmente, está designado como monumento nacional.
Detrás del Prunus Kongo se esconde el jardín Soyoen, construido en el siglo XVII. Es un rincón exquisito que, sin embargo, pasa inadvertido para la mayoría de los visitantes del complejo. En su centro, un hermoso estanque custodiado por un considerable número de kois está rodeado por una naturaleza meticulosamente cuidada.
Los senderos de piedra guían al visitante a través del jardín, permitiendo disfrutar de cada uno de sus rincones. Una discreta casa de té, un sencillo puente de piedra, bancos estratégicamente ubicados, linternas de piedra y una vegetación exuberante —donde arces, pinos, azaleas, juníperos e impresionantes musgos están perfectamente integrados— componen este bello entorno.
“A dónde el bonsai me lleve”








