Huyendo del asfixiante calor de verano planeamos viajar hasta la ciudad de Komatsu en la prefectura de Ishikawa, Japón. Situada en un entorno privilegiado, entre el mar de Japón y el sagrado monte Hakusan (una de las tres montañas sagradas de Japón), es un lugar para amantes de la naturaleza, dispone de unos maravillosos recursos naturales que han marcado su historia y patrimonio cultural.
Nuestra primera visita fue a Natadera Temple, perteneciente a la secta Shingon del budismo japonés fue fundado por el monje Taicho hace más de 1.300 años.
Taicho defendía que el universo y la tierra eran dioses y que todos los seres vivos estaban a su merced. Creía en una armonía intrínseca entre humanos y naturaleza. Afirmaba que la vida en sí es sagrada y que la naturaleza es un paraíso; por ello la naturaleza debía ser considerada tan importante como la vida humana. Buscó en la naturaleza la verdadera sabiduría de los dioses.
Comenzamos la visita al atravesar una impresionante puerta guardada por 2 poderosas figuras policromadas.
El camino lo marcan enormes criptomerias que no permiten pasar el sol, a su lado crecen camelias, azaleas, arces y un brillante musgo que cubre toda la superficie.
Una impresionante roca separa los dos bonitos jardines; Ryubi-en que evoca un paraíso con lejanas montañas y solitarios valles y el jardín de la ceremonia del té.
Pequeños riachuelos, bordeados por maravillosas piedras cubiertas parcialmente de muy cuidados musgos, caminos ordenados, entre arces, granados, azaleas y pinos rojos, nos van llevando a atractivas zonas de descanso. Todos conforman un bello conjunto creado con el único fin de disfrutar de la naturaleza, evocando una profunda sabiduría.
En la montaña, considerada sagrada, se aprecian pequeños templos en cuevas. Sus piedras tienen formas extrañas como resultado de los restos de erupciones submarinas y de las condiciones climáticas que las han ido transformando con el tiempo.
El recorrido entre caminos, puentes e interminables escaleras, nos lleva al templo principal Honden y a la pagoda de 3 pisos decorada con imágenes de bellos crisantemos y leones chinos. Desde allí asomados en el mirador disfrutamos con la vista de una gran parte del recinto.
Siguiendo los caminos y acompañados por multitud de jizos, llegamos al monumento al poeta Basho, además de a otros edificios tradicionales que nos retornan al paseo de criptomerias en el que desemboca la puerta principal.
Marchamos con la sensación de habernos cargado de energía, agradecidos a la naturaleza y a las personas que durante siete siglos han preservado este lugar.
“A dónde el bonsai me lleve”









