A pocos kilómetros de la ciudad de Fukui (Japón) se encuentra uno de los conjuntos templarios más especiales que hemos visitado, Eihei-ji (永平寺, (Templo de la paz eterna).
Fue fundado en 1244 por el Maestro Zen Dogen, siendo en la actualidad uno de los principales templos de la escuela Budista Zen donde se practica la meditación y se enseña su filosofía entrenando a sus seguidores en la perfección de la práctica Zen en cada acción de la vida diaria. Ofrecen alojamiento y programas para practicar las enseñanzas de Buda.
La entrada al recinto de Eihei-ji trascurre por un camino paralelo al rio rodeado de gigantescos cedros, azaleas, arces, estatuas de Kanon, figuras de animales, linternas de piedra y metal cubiertas por brillantes musgos, … Todo cuidado al máximo, la naturaleza, la decoración, la limpieza, hasta los más pequeños detalles están estudiados y tratados con la máxima delicadeza.
El enorme portón por el que se accede al complejo es el edificio más antiguo, fue reconstruido en 1749 y alberga 4 impresionantes figuras que protegen la entrada de todo mal.
Al inicio encontramos el temizu o lugar de abluciones, son 8 piletas con grifos en forma de dragón, y junto a ello un cartel con las palabras del fundador, Dogen:
Purificando nuestro cuerpo y mente, purificamos el mundo. Lavémonos las manos antes de la visita.
Desde el hall principal, descalzos, y en respetuoso silencio, comenzamos el recorrido por el complejo. Una característica que lo hace especial es que en Eihei-ji cada visitante es considerado un discípulo budista y se le permite la entrada a la mayoría de espacios.
Escaleras, pasadizos de madera, enormes pasillos techados nos van guiando de un lado a otro. El complejo está ubicado en la montaña y los edificios se encuentran a diferentes alturas, a pesar de ello el recorrido está pensado para que no sea difícil de realizar, hay zonas estratégicamente creadas para el descanso y los desniveles no son fuertes.
Todas las construcciones, algunas modernas, son increíblemente bellas, respetan el entorno y de un mismo estilo.
El salón Sanshokaku es el que más nos impresionó, su techo está decorado con 230 pinturas diferentes de animales y flores. En uno de los extremos de la sala se encuentra el tokonoma.
Elegantes jardines y patios arropan el complejo de edificios. En ellos las plantas y los árboles, los lagos y las fuentes, las piedras y las esculturas son elementos fundamentales que se complementan para lograr resaltar todo el conjunto sin sobresalir ninguno de ellos. Son pequeños remansos de paz donde se hace necesario parar y percibir su belleza y espiritualidad.
Eihei-ji es todo un ejemplo de la cultura japonesa, un reducto de filosofía, arte y naturaleza donde refugiarse del ruido exterior.
“A dónde el bonsai me lleve”









